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Las Campanas de Belgrano

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Ellas se la pasan día a día mejorando el mundo. Se las ve en el jardín, en las calles, atendiendo a los necesitados por la noche con un pasaje o alimento, siempre con libros en las manos y siempre pidiendo que no les quiten su trabajo.

 

Livia Dí­az

03-03-2008

En el día del misionero, recordé mi visita a la misión de las Hermanas Misioneras Benedictinas de Tutzing, allá en la calle Maure, en el hogar de San Benito, Buenos Aires, en donde filósofas, educadoras, economistas, entre otras profesiones, dedican su vida a ese servicio.

Procedentes de muchos países, entre ellos Alemania y Brasil, son ellas, quienes creen en la educación, bajo el seguimiento de Cristo conforme a las reglas de San Benito. Reglas, que por mi ateísmo desconozco a plenitud y de lo que no me ufano en describir, porque aunque podría investigarlo, no soy la más indicada para comunicarlo.

Llegar ahí y hospedarme en un hogar con tradición benedictina, comenzó el día de San Benito, cuando la grey en pleno estaba congregada dentro de la Iglesia en Belgrano. Y era Buenos Aires, en aquel octubre de 2001, una ciudad que no podía esconder su dolor ante la situación económica, las privaciones, y que sin embargo con determinación, salieron a la calle a vender calcetines en el transporte público, o pedían en la calle dinero a cambio de rosas para brindar a los enfermos de sida un medicamento. Era un momento ciertamente difícil.

El párroco de Belgrano, Juan, me pidió que al volver a México pidiera por los argentinos a la Virgen de Guadalupe y que intercediera por su pueblo para que ya no sufriera tanto. Cosa que hice en la primera oportunidad estableciendo un diálogo con un retablo de la virgen morena en Yucatán. Aquel día se hablaba del sacrificio de aquellas mujeres. Ignoraba que once de ellas habían sido condenadas a muerte, de sus luchas en Corea, y que habían sido víctimas de la violencia allí y en Angola.

Ignoraba lo que sufren en mismo México adonde se les perseguía con cualquier motivo. Que cuando Juan Pablo Segundo vino por primera vez, les prohibieron usar sus tradicionales uniformes, que no podían salir de sus claustros, y de la terrible respuesta social que ha provocado una violenta reacción contra ellas por ser las más vulnerables de la iglesia.

La descripción de la pérdida de su hogar, y el ataque perpetrado contra la estancia Benedictina en Angola por las misioneras brasileñas, me sigue erizando la piel. La muerte y el allanamiento, la persecución y la expulsión del país de las misioneras, y su trabajo principalmente educativo, está dentro del concepto de la oración, el trabajo y la vida en la comunidad.

Ellas hablaban y hablaban de asesinatos, violaciones, y persecución en varios países. Los de Angola "Eran soldados que no tenían más de 9 u once años", me dijo Fabiola. "Encontramos la casa en ruinas y ganado adentro de ella." "Somos hermanas misioneras benedictinas de Tutzing", a quienes desde entonces nombré en mis textos "Las Campanas de Belgrano."

Ellas se dedican a dar hospedaje y lo necesario a estudiantes, y no fui la única escritora a quien acogieron esos días esas misioneras trabajadoras férreas, que desde el amanecer, y antes, se la pasan mejorando el mundo. Se las ve en el jardín, en las calles, atendiendo a los necesitados por la noche con un pasaje o alimento, siempre con libros en las manos y siempre pidiendo que no les quiten su trabajo.

29/03/2008 17:15. Autor: Livia Díaz. #. Tema: No hay comentarios. Comentar.

Octubre de Gualeguaychú.

 

 

Octubre de Gualeguaychú.
Livia Díaz

Roberto “el negro” se sabía los secretos y los nombres de todos los árboles y las flores. “Cuando mires un árbol te acordarás de mi”. Cada vez que los miro te recuerdo poeta enlegulado que trabajas entre oficios y legajos en Santa Fe, Argentina. Yo a ti te di unos poemas para que me leyeras de botiquín de emergencia. ¡Los perdiste! Lo sé porque ahí estaba mi mail, ese que pediste a lo ancho y largo de la red de Internet el día de mi cumpleaños.

Aún no sé como son capaces ustedes los argentinos de tomar vino y cerveza en el día y emborracharse con fernet con coca cola ¡Están locos! Yo tomo vino y me duermo. ¿Recuerdas? Cada día me quedaba dormida, me perdí el city tour y el paseo por el río. Llegaba con mis ojos de búho desmarañado y huía de las lecturas de narrativa por miedo a dormirme. Compartimos ronda para recitar. Me echaste porras. Sonreías -todo el tiempo que me miraste me reí- ¿Porqué soy así? Me encanta ser la niña de los ojos, sentirme segura solo porque tú me mirabas. Ahora todo pasó. Lamento el tiempo y la distancia en este no poderte volver a ver porque no estás. Recuerdo esa noche en el boliche (bar) compartiendo el vaso de cerveza, el baile, los brazos, las risas cuando se nos acabó la ciudad pavimentada “y comenzó el verdadero Gualeguaychú” “esta es la verdad”... a ver espérate creo que por aquí está mi casa, deja buscarla... y tú te reías a carcajadas como si fuera la primera vez que reímos, o sí, es la primera que reíamos por todo, juntos, de eso. Recuerdo la cena famosa buscando el chorizo. Mi cara de susto cuando entró Susana Lizzy al restauran y tú me pillaste ¿Qué sucede dime? Yo te expliqué que me preocupaba que ella se preocupara por mi cuenta. ¿Cómo pensás pagar? me dijo, yo le dije que vendí unos CD que no se preocupe y tú le dijiste que tu pagarías. Recuerdo que cuando nos retirábamos fui al baño y al volver me dijiste que efectivamente lo hizo, que firmara la nota de diez pesos y que guardamos silencio y aquel chico que me pidió monedas mexicanas y yo no traía ninguna y le di un billete de Benito Juárez. Luego nos tomó una foto con mi cámara y otra con la tuya. A otro día anduvimos vagando y sin saberlo nos fuimos a encontrar. ¿Te tomo una foto? Dijiste en tanto yo me peleaba con las pilas en el estanquillo. –No gracias, dije y te miré ¡Hola! Andabas por ahí buscando fruta y yo quería tomar la plaza donde pusieron con flores la fecha sobre el jardín “20 de octubre”. “Tengo que irme solo me quedan 20 pesos”. Que silencio se puso luego de tus palabras. Como quinceañeros anduvimos las calles tomados de la mano hasta que los árboles nos sacaron del marasmo. Recuerdo el balcón del club donde gozábamos el atardecer y entró Peigot diciendo: ¿Interrumpo? Que tipo tan simpático. Nos miraba a uno y a otro intentando adivinar lo que nos citó en ese balcón. “Pasá. Estamos disfrutando el atardecer y esta vista de la calle” le dijiste. No era difícil saber que simpatizamos y andábamos de pata de perro por todos Gualeguaychú. Después de eso nos fuimos de pinta nos escapamos. Te pedí que saliéramos porque estaba engentada, no soportaba más y tu tenías hambre. Yo no sabía que tenías coche y fuimos al río, la avenida, la cárcel... Yo con la video pescaba todo, y tú tuviste la paciencia de esperar a que plasmara todo. La cárcel como castillo mirando al río ¡Cómo escandalizó a las amigas saber que anduvimos por ahí! Luego nos separamos para gozar cada quien por su lado sus estancias y las compañías.

 

De la novela inédita "Las campanas de Belgrano."

 

12/03/2008 12:54. Autor: Livia Díaz. #. Tema: No hay comentarios. Comentar.


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