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Escritos

Publicado: 21/12/2014 20:57 por Livia Díaz en Columnas

Más normal que mundana

Reflexión sobre la obra de Rosario castellanos

Por: Livia Díaz

 

Todos los días me asalta el miedo a los lugares comunes. Al revisar el día con la noche, el orden de las ausencias, hoja por hoja a medida que puedo leerlos en las palabras de Rosario Castellanos, me pregunto ¿ese poema es mío? Aquella palabra que arrancó la tarde a la nostalgia y es precisa, ¿con que delgado cincel quedo grabada en la rotunda y vertical palabra? Y a medida que me devuelve el miedo, los lugares comunes y las cosas de todos, ella me lo arrebata y lo vuelve tan personal, que no se puede, sino con reverencia, devolverle una a una sus palabras, y sus ideas, y arrodillarse para dejarla hablar. Y en comunes palabras, ir entendiendo el mundo que ya ha vuelto suyo, y con envidia, seguirse preguntando, si han pasado las cosas que sus frases revelan en su vida, pues para irla volviendo más normal que mundana.

Yo soy un ancho patio, una gran casa abierta:
yo soy una memoria.

Y ella habla, y yo rompo mi voz y una plegaria -quizá airosa- emerge para rebatirle, discutirle y contradecirla. Emerge muchas veces. Pero ha muerto a un tiempo, y su herencia, me deja por entrever que no aprendemos sino a volver a vivir lo mismo que ha vivido cada día, para irle dando la razón mientras lo hacemos. Y de ese modo, quizá febril por experimentar de nuevo a manos de su arte tan personal como cada quien quiera vestírselo, la volvemos a leer:

 

Déjame hablar, mordaza, una palabra
para decir adiós a lo que amo.

 

Que quizá se escribió para si misma, eso no es cierto. Que quizá escribió para “los otros”, eso tampoco es cierto. Rosario, le escribía a Castellanos palabra por palabra, la una iba escribiendo lo que la otra iba leyendo.

 

No creas lo que yo creo cuando me engaño.

 

Parece decir: Mira a través de mí, y luego escucha nuevamente mis lamentos. Y como muro, sigue extendiéndose en torno a lo alto, como murallas de papel llenas de palabras lo que voy leyendo desde adentro. Y yo la invito a que lea la tarde, y le diré algún día, que relea la melancolía y el resentimiento, que mire nuevamente llegar al hombre amado, y lo ame para sacarlo de entre el polvo, reviviéndolo en llagas. Y capa por capa, de carne vaya adoquinándole los huesos y los músculos hasta que encarne, hasta que se vuelva de nuevo, carne y hueso y tome forma y figura, y vuelva a herirla. Y luego, que despierte y me diga con esas palabras que ella sabe decir, lo que pasaba mientras iba cobrando forma desde su sueño, la presencia que habitaba sus entrañas, en el algo que le mueve y que le agita la sangre cuando pasa. Esa pasión como distraída que pretendió esconder en el ojo del que observa, y que al ir leyendo palpita entre sus palabras no plasmadas para hacerlo poesía.

 

Hubo un intermediario entre mi cuerpo y yo
un intérprete —Adán, que me dio el nombre
de mujer, que hoy ostento—
trazando en el espacio la figura
de un delta bifurcándose.

Y para seguirla describiendo, he decido que se parece a mí y que tuvo, o que tuve la osadía de leer sus poemas, y que creí entender lo que en su alma abundaba. Que leí sus palabras y creía comprender lo que quiso decir, y el cómo, y el para quién y el porqué, y que me quedé con ganas de que estuviese frente a mí para preguntarle ¿¿para qué Rosario? Y como avergonzada, darle las gracias de que no fueran mías. Y es que el atrevimiento con que llego a acercarme a esta mesa, y a la poesía y a mis ruinas para decirlo, de tal manera que sin sonar a homenaje o a cliché, o a falsa admiración, me remita a la idea original tengo que saltar caminos y unir puentes... Y finalmente siempre regreso al mismo punto en que esquivo señalar, que cuando la voy leyendo, esa tercera cosa que acontece, en una provocación no convocada por ella ni por nadie, y que nos une, a pesar de la realidad y la verdad, en una distancia inexistente, en un sentir a uno y a otro costado de la tierra, para adorar al mundo y describirlo, sin ella de por medio la vuelve: más normal que mundana.

 


Etiquetas: rosariocastellanospoetisa

31/01/2008 18:55. Autor: Livia Díaz#. Tema: No hay comentarios. Comentar.

“Las dictaduras en la representación literaria

Foto: Manifestación frente al ayuntamiento de Poza Rica, Octubre de 2001. Aquel día estaba lista para irme a Gualeguaychú, Argentina para leer esta ponencia. Pero algo pasó... el dinero que aprobó el Cabildo para mi viaje no salía, y las horas pasaban... Finalmente me pidieron que demostrara que efectivamente iba a salir del país, realmente me indigné, y con una valentía -que he ido perdiendo con los años- monté una instalación frente a la estatua de Benito Juárez conformada por mis libros,unas pancartas y piedras de su pequeño jardín... y leí, y declamé y recité y lloré y sonreí cuando finalmente comprobé que efectivamente cuando tienes un sueño, todo el universo conspira para que lo realices. Son muchas las personas de Poza Rica, el mundo -y quizá el cielo- las que conspiraron, me ayudaron y me apoyaron en ese camino -prácticamente- Mariano, en el que conocí "Las Campanas de Belgrano", del que te hablaré otro día.

 

23 de septiembre de 2001.

Ponencia: “Las dictaduras en la representación literaria"... ¿Realmente existen? 

Autora: Livia Díaz

Cuando me preguntan qué es poesía temo hacerme pis en los zapatos. ¿Quién de pequeño no se hizo pis y sintió al caminar el agua amarilla ahogando los calcetines? Los pies a cada paso emitiendo un leve "cuac" oomo si fuera un sapo. La poesía es el calcetín que está entre el pie y el calzado ahogándose en la pis. Has de escuchar su leve "cuac", quizá de sapo (sabiendo que no es un sapo), sin consumir su belleza. Escuchar el calor, la piel, liberando el lamento, el malestar, el grito ahogado, el dolor. Vida tras inmundicia. Inmundicia que es vida. Quien disparó las preguntas vitales sabía que vida es tormento, no hay blanco negro, bueno y malo, todos somos estos, duales, un bello desastre. Humanos huérfanos, feos, imperfectos, mortales... versos. Amor y canto. Su voz me obligó a abandonar el deseo de revestirme por fuera para ser por dentro, aceptarme y... dejarme en paz.
Los que sufren conocen el secreto. Hay que fingir. Ocultarse, invertir tiempo, espacio, fuerza, energía y pensar incesantemente soluciones. Todo esfuerzo es poco para cubrir tus huellas, prolongar el castigo, alcanzar el equilibrio. Pero siempre se cae sin alcanzar el control. Uno llega a creer que la fe es mantenerse a flote:
Y vamos,
Consumiendo dolor con valentía,
Con los ojos sedientos
Y la lengua sin sabor
edificando reinos en la nada
Formando ciudades que no existen
Fermentando ruinas de felicidad
Y a su vez,
Asegurando que la felicidad no existe.

Poesía de la vida. Vida poema. Pómulo sin sonrisa. (Y no te asomes aquí con el Zen, que si sé que existe pero no lo conozco).
Sirve, vivir, sirve verse vivir, sirve sentirse como el diamante: transparente, duro, multifacético, único, y costoso. Me sirve taladrar estas palabras en el cristal o papel con el cincel en mi mano sabiendo asumir las consecuencias. No importa el cómo, dónde, cuando, cuanto, porqué ni para qué. La palabra me liberó de la vergüenza, en la tribuna o en mis soliloquios, confié en mi comunicación, y en la abertura a otros mundos posibles cuando los expreso. 
"Todo está dicho"; "Todo está inventado". Pero no todo está invitado. Y de lo dicho yo tengo mi propia versión. Sostengo mi carabina con lo verde en escena y disparo: Libertad. Palabra yo te libero en el nombre de mi más próspero capricho. 
¿Quien decide la calidad? Yo prefiero la calidez. Me como las frutas sabrosas sin permiso y para eructar hago un receso. 
Los poetas de mi generación riñen por quedarse tal y como están. No importa su técnica o su meta. A la crítica de forma se rebelan defendiendo el fondo y el fondo se rebela exigiendo forma. Y el poema pide trabajo arduo cotidiano amoroso extenso al poeta, no al poema que yace en un texto torturado. Cicatrizado. Ó nacido en el mismisimo laboratorio del Dr. Frankenstein cobrando vida de artificio. En el peor de los casos fallece dentro de un corsé, adaptado y sometido a una métrica que le obliga a padecer crueles tormentos y agoniza cuando ha olvidado que impulso lleno de gracia y sentimiento le vio nacer. Pasa a ser otra cosa. 
Se metamorfosea. ¿Me entiende si me escucha? Siento y presiento que la poesía no me pone a pensar, me pone a soñar. Sueño que siento y que vivo, que respiro, que lo que miro al pasar no es tierra y piedras sino calles empedradas. La imagen aparece a cada paso que imprimo luego desaparece cuando retiro el pie y entonces concibo sin conciencia y
vivo la belleza:
la siento
la exploro
la navego en la inconciencia
y dejo de ser Yo
y me convierto en experiencia
y advierto lo divino de otra realidad que sucede sin que intervenga mi deseo o mi voluntad:
Naturaleza.

Sospecho que solo sucede. Como la vida que arrasa consumiendo soles, lunas, tiempo, cuerpo, animo y esencia.
¿Qué sobra?
¿Qué falta?
¿Qué madura y se margina mientras vivo?


"Porque puedo lo digo
Y porque lo digo puedo"

-Es muy fácil.
-Se dice fácil.
-Parece simple, pero no lo és.

Y me resisto y respondo: ¿Quemé siete lustros en vano? Detecto: Estando ausente la melancolía; el pago de la renta y la luz cubierto, y la barriga rebosaste, atrapo mi estrella, musa, inspiración, catarsis, grillo ó cualquier cosa que signifique instante pleno de coordinada relación entre el seso el corazón y el alma que produzca erupción de verborrea sin fin para decir el multisaboreado fruto de la experiencia vital que me provoca poemas. 
La poesía no está perdida ni en crisis ni agonizando. No todo lo bueno está publicado, ni todo lo publicado es bueno. El que es poeta no abdica y al que no le da la gana no publica. Al escribir se publica. Que se haga público es otra historia porque escrito publicado es ganancia. Premio de consistencia que se otorga al mundo. 
Yo me sirvo grandes cucharadas de ego. Mi egoteca se llena cuando dicen "bonito", "bueno", "genial". Y me siento feliz cuando me leen, o escuchan, dan las gracias y se callan, porque me pone sumamente nerviosa tener que averiguar porqué me ponen nerviosa los halagos. Si. Tras el halago me quedo muda sin saber que responder y teniendo miedo de ser o parecer descortés o soberbia o tonta, prefiero poner cara de estúpida satisfacción, sonreír y callarme quedándome magnífica como estatua de diosa griega, mirando a la nada como pensando. Causa buen resultado. Las personas inmediatamente se ponen a hacer otra cosa y yo dejo de sudar.

26/01/2008 04:12. Autor: Livia Díaz#. Tema: No hay comentarios. Comentar.

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