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Del escritorio de Peribañez y el Comendador de Ocaña.
Por Livia Díaz

Se preparó antes de hacerlo. Cuidadosamente tomó las llaves, el dinero para el pasaje, se colocó el abrigo, y viajó hacia el edificio del correo municipal. Como cada semana, observó aquel inmueble. Un oscuro edificio de SEPOMEX con cristales por mitad, alguna vez transparentes, y paredes en algún momento de piedra volcánica, ahora deslucido por el abandono y la aportación plástica, y gratuita, de al menos una docena de cabrones grafiteros, ecologistas voluntarios urbanos del reparto de materiales para el reciclaje de basura y el polvo, y los humos que emiten los vehículos en forma caprichosamente involuntaria.

Como cada semana, cuidadosamente -y esquivando el deterioro de las instalaciones internas, que parecían pelear con las externas, por un sitio de primer lugar en el imaginario de la contaminación y la mugre- él se acercó a la ventanilla uno, tres y cinco, en donde esperó cada vez -y con harto de paciencia- a que los empleados le atendieran –cosa que ocurría hasta que terminaran o de almorzar, leer, pasear y platicar por la trastienda.- Ignorantes de su drama y de que cada semana enfrentaba con el ímpetu y la fuerza de un guerrero inmortal esta tarea.

Poco después de que le rindieran cuentas “de que a él, no le había llegado paquete alguno de correo procedente de ningún punto del planeta”, analizó con la mirada la situación y reparó en que, desde que esos paquetes comenzaron a no llegar a su destino, quiso ver y hurgar en libros, y libros de destinos varios, hasta el cansancio y aburrimiento de sus interlocutores.

Más de pronto, aquel día que aparentaba ser uno de esos “en los que no pasa nada”, una voz cargada de inesperada confesión, por boca de una criatura iluminada, le ubicó en la dura y cruda realidad. (Cosa que agradeció porque al tiempo que le abrió los ojos, estaba ya soportando con todas sus fuerzas el embate de aquella palabra, que por cruel que fuera, lo dejó entrever y comprender la dureza con la que obra la entidad administrativa, y le dio pistas). Lo condujo por el intrincado laberinto que ha de recorrer “el cartero.” No podía creerlo. Aquel compadecido -dicho aquello- distraído, despreocupado, desparpajado, arbitrariamente y sin anestesia previa, insistió: “hable con su cartero”.

Recordó que se lo dijeron antes, ¿varias veces?, ¿para qué ir al cartero cuando el paquete, procedente de las entrañas del mundo, tiene que ser registrado por las autoridades? ¡No! La revelación que cayó sobre sus hombres tuvo instrucciones precisas “No podemos tener registros del correo ordinario si llegan por cientos, por miles”. Simplemente “No existen registros.”

“ESE –pensó en voz alta- ENTONCES, ESE TIENE QUE SER EL ÚNICO QUE SEPA EL MISTERIO DE LA DESAPARICIÓN DE MIS PAQUETES.” Así que, pospuso el retorno a casa, e hizo turno y guardia de cuatro horas hasta que, alrededor de las tres de la tarde, se encontró frente a frente con ese testigo crucial que lo conduciría al paradero de sus pertenencias, y el cual, tiernamente le dijo “no le han llegado a usted paquetes”. Desde entonces hace guardia en su casa con la esperanza de que tal vez, algún día, aquellos deseados bienes materiales, perdidos por el globo terráqueo desde el mes de noviembre en ese laberinto intrincado e inexplicable, se posen en sus manos.