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Emilio Carballido, un visionario

20080406075646-carballido.jpgPor Livia Díaz 

Eran días de ceniza y lluvia. El Popocatépetl y sus fumarolas, con su salada emisión de metales finísimos, nos acompañaba por las noches y nos asustaba de día. Emilio Carballido fue convocado a entrevista. Al pensar en él, recordaba la puesta en escena de Rosalba y sus llaveros que hicimos en la escuela secundaria 26 para aprobar un examen de español. Cuando sobre esta primera obra, estrenada 37 años atrás, el maestro me habló, sus ojos brillaban. Su delgado cuerpo parecía estremecerse, y su alegría conspiró para que me prendara de su emoción. 

Al hablar de su obra ocurrió ese dicho que versa “ahora sí, ya entramos en materia.” Sin embargo, para llegar a ese momento pasó mucho tiempo. Porque si es que existen preguntas de oro y de barro, en aquella entrevista por largo rato me parecía hacerlas todas de barro. Una acostumbrada a la entrevista banquetera –(generalmente a funcionarios), ante el maestro me parecía que no acertaba una. Soñaba como cualquier reportera provocar abundancia de “nota”, opiniones, disertaciones. Cuando me remití al guión previo para preguntarle “su opinión como lingüista sobre el idioma español”; me dijo “no soy lingüista” luego “su parecer sobre la propuesta escribir como se habla”, me dijo algo parecido. Finalmente, me remití a su motivo de inspiración al escribir, o para escribir sus obras. Al punto le quedó desvelada mi plena ignorancia literaria. El maestro, a la primera y como buen maestro, comenzó a mostrarme el mundo, y solo ahora, al partir él, comprendí porqué, desde entonces, soy diferente yo.

 Ocurrió a mediados de 1997 en su casa de Tacubaya. Su voz era dulce, pausada, podría decir cantarina. Entre una y otra frase, Emilio Carballido respiraba por las narinas para una lectura y discurso en voz alta perfectamente audible, y al trascribirlo, quedan plasmadas las comas, los puntos, los acentos… las pausas. Lo he querido escribir apenas supe de su primer adiós. Yo no fui su amiga, ni conocida, ni discípula, ni nos volvimos a ver. Pero todas las cosas que él me dijo entonces, son nuestro presente. Un presente que él entonces, advertía con espanto, y viéndolo bien, en aquel entonces parecía apocalíptico.

 “Es el cobro de impuestos al escritor, indigno en un país que además tiene una tradición tan excelente de protección al intelectual. Una tradición que viene desde el virreinato, por encima de los países del continente”, me dijo. “Entonces esta me parece una de las infamias que se está haciendo. Va del brazo de venta, de la entrega del petróleo otra vez al extranjero, son formas de traición a la raíz nacional.”

 Aquel fue el contexto. Eran los días de transición plena al neoliberalismo, venta de paraestatales “Este es un momento pésimo. Yo hablo del presente. Si el futuro es hijo del presente ¡ Qué espanto ¡”

 Eran los días en que “Están vendiendo al país entero. Están entregando todas las franquicias que se hicieron, todas las finalizaciones están rectificándolas, y están vendiendo todo otra vez al extranjero. Nos estamos volviendo una gran maquiladora y están cambiando la educación para que nada más tengamos el nivel de obreros y maquiladoras, y sirvamos a las industrias que vengan a dejar dinero a otros países, convenios para que puedan largarse los campesinos, en lugar de resolverse la situación de la tierra.”

 Eran los días en que los mexicanos aún pensábamos, “mañana se compone la cosa.”  Acostumbrados a un día siguiente “más o menos normal”, emitían una ley, y al día siguiente rectificaciones, sin sobresaltos. Un día que íbamos ajustando la realidad más o menos tranquilos, con calma. De pronto, todo en desbandada se produjo en “efectos” que no cesan. El dominó, el tequila, el cucaracha… “¿Eso le parece muy bonito? -Me preguntó regañándome.- Asesinatos políticos, confusión, ineptitud del gobierno, devaluación, alza de la vida, todos los días sube, y sube, y sube…”

 “La educación, a esa no le hacen caso. -Me dijo disgustado.- Hay gente que gana más que los maestros. El futuro lo hacemos nosotros.” ¿Puedes imaginar su voz al decir esto? Eran días de molestia. A “la fuerza intelectual de América Latina que es tan grande, y a pesar de las circunstancias permaneció”, la celebró el maestro. “Está más potente que nunca… Los intelectuales somos la fuerza de la nacionalidad. Somos la cohesión del país, somos la raíz.”

 Para el maestro la posibilidad es “hacer las cosas con inteligencia, oficio y fecundidad.” Por pura cuestión de espacio, coloqué estas respuestas en el aquí y ahora, en orden distinto al de la charla, pero literales y entrecomilladas. Emilio Carballido se extrañó de la distinción entre ciudadanos comunes y literatos “Nuestra obra es ciudadana mexicana, lo mismo que el bolillo y la tortilla.”

 Aunque especialmente la crisis afecta a los literatos “La infelicidad, las malas condiciones de vida, la exageración en el subdesarrollo, y la venta de valores patrios no son estímulo, son lo contrario. Son desaliento (…) La literatura es un script de muertos de hambre que tienen que irse a trabajar a otros países y dar su talento en otros países. (…) No se disminuye el talento, se disminuye a los escritores porque los matan de hambre. Porque tiene que dedicarse a cosas que perjudiquen su trabajo, por ejemplo: Se tiene que hacer subempleo, que escribir revistitas, o escribir anuncios de televisión y publicidad, cosas de esas, para obtener un ingreso que además no deja más que como ingreso extra para un viajecito, para comprar un equipo de sonido que no se tiene, pero nada más…”

 Para solucionarlo “Hacen falta editoras, empresarios de teatros, más teatros, mejor distribución de los libros, un costo más bajo de los libros, porque no todo el mundo puede comprar un libro…”

 Don Emilio Carballido me dijo entre otras cosas “Tengo sangre de gato.” Por eso la primera vez que esto escribí, dije que este era su primer adiós. Porque los gatos, ya se sabe…

 


06/04/2008 00:56. Livia Díaz #.

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