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La poesía no se vende



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Prosa única

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Livia Díaz

¿A dónde vas? No lo sabía hasta que cogí el papel. Los manteles de la mesa puestos, todo en su lugar, el día por fin se terminó, y todos cenados, todos acostados, todo derrumbado, por fin. Ahí vienen las letras a perseguirme pero no sé muy bien con qué destino. Solo sabía antes de cogerlo que el desatino de mi cabeza era contrariamente inverso a mis ganas de dormir. El grupo me ha salvado la vida, pero la letra me permite vivirla. ¿Y cómo la piensas vivir? Con los ojos bien cerrados y el corazón bien abierto. Se puede caminar aún así, pero la cobardía de caerse es a veces más pesada que la confianza de dónde pisan los pies. Todo viene continuamente a nosotros pero no sabemos recibirlo. La metafísica y las probabilidades de que el cielo me escucha son mayores esta noche que la anterior solo porque yo lo quiero así. ¿Habrá alguien capaz de contradecirme? Sospecho cada mañana que no. Que la experiencia personal no le revela a otra persona más que la magia de ir despertando poco a poco del letargo… y es tan viejo. Es un sueño del que anhelamos despertar pero no nos damos cuenta que sus pausas, son instantes para vernos. No, queremos verlo todo a través del cristal, todo de golpe, todo sin luchar, todo en ganancia. Y en esta espera las pérdidas se van volviendo incertidumbre se van volviendo contra nosotros. ¿Cómo lo sé? Lo sé, que no lo creo, que no es lo mismo. La seguridad de apuntar el plomo de la letra no tiene nada que ver con el arte de hacerlo. A ver si me explico:

Una flecha camina su trayectoria

yo retengo en mi sangre

toda la fuerza que contiene su camino.

Los ángeles y las guirnaldas están en el aire, ese que no vemos, ese que solo el corazón presiente, ese que no se materializa como las películas y los sueños quisieran. Uno soborna mi cabeza, otro me presiona, pero mis manos se niegan a dejar de escribir, proyecto mi mensaje, lo acomodo, acondiciono cada palabra como ficha de dominó y al cielo, mirando, me dejo llevar por él. Una señora cercana se asoma por la ventana y se pregunta sin decírmelo si aquí vivo o solo vengo de paso. Desde que abrí los ojos a la razón supe que estaba de pronto en la vida y había que conocerla y descubrirla. Todo mi derredor era desconocido, todo nuevo y me dolía tanto vivir. Con tan solo cinco años una no puede darse el lujo de rajarse, hay que luchar por seguir viviendo y es poco a poco. La poesía de esta, mi vida, se ha ido redactando poco a poco, en versos sin métrica, pero encorsetados por tanta forma, por tanta formalidad, por tanto error.

Vengo, desde tan lejos

vengo para conocerme

vine porque concederme

estar aquí, lo merezco.

Pero es el caso que aquí, mi único acierto ha sido vivir en el error. Vivir en el error no ha sido tampoco tan malo. Conocí la noche con todas sus parábolas, conocí sus seres taciturnos, conocí el sub mundo, los placeres, las venganzas a la vida, y sus asientos enajenantes como un río muerto. Conocí personajes que de día no pasan por las calles y de noche no pasan por su casa. Conocí el dulce y el amargo de tener y no tener la fortaleza; de tener y no tener el dinero; de tener y no tener la seguridad; de tener y no tener miedo. También la ventaja del sustento, la del aliento, la de la familia, la de la firmeza en las decisiones, la del cambio de vida radical, interior y el obligado. ¿A dónde vas con tu vida? Me lo pregunto cada noche y no me quiero dar respuestas. Desde que dejo que ocurra, que suceda, que pase, mis palabras dejaron de irse volando a la nada, mis oraciones son precavidas, mis almas transparentes.

Es la razón

esa viajera cometa

una señora coqueta

que comulga con el sol,

si esta cerrada la puerta

va y se abre por las nalgas

y si está abierta nos reta

que no podemos violarla.

La pura sinrazón de las cosas viene y me acompaña. Se acuesta, se pone entre mis deseos y mis necesidades y me acomete. Mañana me precederá algún resultado, hoy, estoy emparentada con el tiempo, la ferocidad de los golpes y mi propia virtud de revolverlo todo como una ensalada y colocarlo como flecha humeante apuntando directamente a mi corazón. Pero que sabrosa es la vida entre más disturbios hace. Como el ajo: penetrante soportable sabroso e insufrible. Y cada vez que nos asomamos al abismo no podemos decidir si somos lo que nos han dicho “humanos” o un diente de ajo que sueña. Yo prefiero pensar que sigo haciendo alguna una clase de investigación extraterrestre para volverme terrestre cuando apruebe mis exámenes de conocimientos. Tal y como si estuviera en un cuento ruso de ciencia ficción (que aún no escribo). No son claras mis palabras porque no lo son mis pensamientos, y si lo fueran ¿qué trabajo tendría el lector? Apenas el que escucha puede entender aún sin decírselo el sentimiento que me desmadeja al ir prolongando mi ingreso al corazón último de mi encebollada conciencia.

Voy buscando cual gusano

al interior de la fruta

un trozo que descuidado

me sirva a mí de bocado.

Y luego al otro costado siempre hay más, siempre hay otro, un “alguien”. Hasta hoy no he conocido ser alguno que no tenga en la memoria, en el corazón, en el sueño a un “otro”, un opuesto en aparejo que refleje en el espejo aquello que sus membranas desea rozar aunque duela. Ciertamente el que nace simple es más feliz que el complejo. Eso lo decimos todos. Todos creemos que “los otros” son más felices por sencillos. Pero no nos damos cuenta que todos somos iguales. Si cada uno de nuestros pensamientos sostiene este universo. Cada pensamiento es un astro, una constelación, un planeta. Yo elijo viajar entre alfa y omega como escarabajo, fijando mis antenas en el viento y recaudando una gota de agua cada noche, como una lágrima que lloro sin llorar para que me redima de todos mis malos pensamientos y se vayan elevando poco a poco hasta la tesitura que los purifique y los convierta en notas, en lluvia de emociones que vibren como la música en cada uno de mis actos.

Y voy, sembrado aquello que no dilapido

dejando versos por este camino

donde elegí sentarme a construir.

Y el amor como única verdad. El amor que camina, el amor que nos habla, que susurra porque existe para que vayamos a buscarlo, “ven a mi” “amen”. Amen, siempre decimos “amén”, como una orden imprecisa sin analizar su ordenamiento amen se, amen me, amen a quien, amen con quien, amen para bien, amen. Allane su propio camino mire la claridad, de esa virtud de dar lo que no se puede poseer. Imperecederas palabras, solo palabras: Yo elijo conseguir, hurtar estos pensamientos del conocimiento universal y bajarlos aquí y colocarlos aquí donde mi punto de olfato gane puntos a mi punto de vista.

¿A dónde va el amor

es acaso, una parte de fracaso

y otra de comezón?


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