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La madre de todos los males

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por: Livia Díaz.

Como les iba diciendo aquel que quería permanentemente colocar en un altar a las mamás este diez de mayo de todos los mayos que pasaron y pretende colocarlas en su cajita de cristal de china por los venideros, para que no les pase nada, como si ser mamá va a ser la garantía de que una mujer cualquiera ya no padezca frío ya no tenga hambre, ya no entierre a sus hijos en la guerra que vino y la guerra por venir, madre solo hay una.

Les iba diciendo todo esto en tanto intentaba convencernos de comprarle la "más mejor" licuadora, plancha, cortina, o tetera para atender a su familia; como si un deber inherente a su desvarío de amor y arrojo con cuidados cotidianos por nosotros fuera depositado de pronto en una gratitud descrita por el obsequio mejor adoquinado de bienestar hogareño.

Sin embargo en tanto lo iba diciendo se distrajo y su mamá se colo entre las palabras y dejaron de tener funciones sus discursos... Ya las frases y los argumentos estaban fuera de línea, de tiempo y se habían ido escapando de sus parrafadas para dejarle el sitio a otros poco investigados que a sí mismos se fueron develando y ocupando ese espacio en que leía ahora absorto y sorprendido las últimas noticias de los tiempos.

La madre de todos había tomado a concepto comportarse de nuevo modo para hacerle frente a otro orden de cosas en el mundo. Ya no se trataba de la madre punta del dedal de la costura que une los extremos y hermana a los iguales en los intereses y las ideologías; las ambiciones y los propósitos sino en las garantías de sobrevivir y en el dolor. La madre estaba alicaida por los acontecimientos sosteniendo en una mano a su hijo y viendo en la otra como se devanea su nieto por existir prosperamente en el futuro.

La madre miro un poco más, atormentada por sus energias no reciclables inutilizadas y cautivas en la rutina de su casadera habitación de cuatro por tres; de la banqueta a la cocina donde permanece pobremente ataviada de esperanzas, llenando canastas de alimentos vacíos que se van como los duendes a pasear por la tierra.

Sus ojos habían cambiado, la madre seductora que aprovechaba la ocasión de anticiparse al nacimiento para domesticar al universo y colocarlo en torno suyo a fin de preparar y disponer del terreno firme para los pasos de su ternura, encontró murallas inalcanzables con torres elevadas donde ni un paso después de otro pudo conducirla a llevar con éxito su vientre y entregarle a Dios su triunfo en una criatura dichosa de respirar aire puro y agradecida del tiempo que protegiera su crianza.

Hubo de mitificarse y redimirse, volverse convencional y alcanzar los tiempos, venderse y vender los principios y torcer como la puerca el rabo ante los obstáculos con su mantón virginal de todopoderosa, gritando "solo por ellos" como una fiera que al pasar rompe el concreto con su pasos agitados de triunfo; hubo que darse cuenta que cada hijo de madre creció potencialmente opuesto, la generación vino resistente a los cambios y no se doblegó domesticada al ambiente sino al apego de su palabra que creando le dejó libre de vivir sobre el horizonte cual promesa de futuro.

La madre reunió constancias abdicadas siglos atrás, reunió planes ya vencidos e ideas ultrajadas en catálogos prolongados de cambios sembrados en el afán de mantener un estatus de vida para unos cuantos, la madre ignorante de la hegemonía, del cambio climático, del criterio global, del desarrollo, seguía buscando prolongar en la faz del planeta la vida de sus hijos a pesar de lo agreste, del del camino y sus pasos pobres de zapatos.

La nueva suerte de la madre escrita en esos textos que fueron arrancados de las manos del reivindicador de las estatuas y las heroínas maternales, para apoderarse de la realidad y convertirla en palabra fragmentada en secciones que deriven y puedan acondicionarse a los tiempos en que toda madre sea principio y no reunión de principios. La nueva madre dejó atrás la dirección de la conducta, dejó atrás la escuela de la sumisión y la alternancia con la sociedad para irse a la guerra a buscar el eje de la proliferación de la vida que pueda reponer la vida que va perdiendo; la nueva madre en el eje de la satisfacción de las necesidades, ya no es la matriz de la que alimenta a la familia de acto sino de carácter urgente y vigente cada plato de sopa hasta el último por obligación universal inmediata y expedita.

Al hombre del discurso se le fue de las manos el carácter moroso de las deudas de la madre que vino, llevaba entre los brazos y los ojos una carga imágable de experiencia que fue repartiendo en cuanto quiso escucharla; los ojos escudriñaban la nueva información en tanto traducía a palabras simples los términos ingobernables de su nuevo descubrimiento, la madre se habia apoderado de sí misma para ir tangible y fuerte, amañada y transparente por la creación sólida de una estructura independiente del macho y gobernar al futuro con su proyecto de vida que al momento era lo único claro que en este caos planetario existía como promesa de futuro para toda la patria.

31/01/2008 19:07. Livia Díaz #.

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