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El “quinto sol” del Tajín

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por: Livia Díaz.

De equinoccio a solsticio, durará el proceso para el quinto sol de nuestra tierra. Como siempre, ambas partes –las conformes e inconformes- se disponen a combatir el costo de hacer en los vestigios culturales, la fiesta de la cultura moderna.

Desde el milenio, se duplico, triplicó, y cuadruplicó el esfuerzo de mantener y hacer perdurar la luminaria en que se escenifica el “Festival del Tajín”. Ahora reconocido por el mundo como “La fiesta del Sol”; y que sigue pujando por convertirse en la fiesta del Totonacapan, que ofrezca de Papantla para el mundo a manos abiertas, unos días de bienestar en un hábitat destinado para el reencuentro con las tradiciones y las expresiones artísticas.

No ha sido dicho si llegará a su edición 2005 el festival; sin embargo, el actual gobernador Fidel Herrera Beltrán, estando en campaña -nos dijo en entrevista- que decididamente se realizaría. Y agregó que la inversión sería mayor, que se intensificaba, y que permitiría la inversión para darle vida al lugar cuya carretera divide un mundo de otro: el de la celebridad y el del pueblo.

Pero tal como siempre sucede, por más que se esfuerzan las autoridades en distinguir al pueblo de los centros de esparcimiento y recreo, los tendederos del pueblo relucen en su patio. La población pobre y marginada que merodea el “Parque Temático”, crece y con ella sus necesidades. En tanto el parque -que solamente revive unos días de marzo- reclama un costo de mantenimiento del que bien pudieran vivir todos.

Y a medida que las diferencias sociales se agigantan, un tercero en discordia coherente con la preservación de monumentos históricos reclama la reubicación. Al tiempo, unas cosas con otras se confunden, y todos terminan rehenes de ‘cuartos’ y ‘quintos’ interesados en sacarle provecho al producto final.

Este marzo pasado eran fotos de a 20 pesos con boas, con niños de la “Academia”, y lecturas de manos, curas maravillosas, asaltantes; vendedores de sombreros a precios estratosféricos; y hasta había uno que aseguraba que somos producto de “un experimento extraterrestre”, y que postrado en el medio del andador que conduce a las pirámides, se confundió con la turba que indignada por el cierre de acceso a la unidad arqueológica, ingresó a la fuerza el día 20.

Y por más que en Papantla se dijo que Tajín “no volverá a ser el mismo”, es evidente que los que cambiamos fuimos nosotros. Para una parte de la población, consciente de que debe privar el sentido común, es importante que no se desborden las pasiones. Para Fidel Herrera, como él mismo ha dicho, “que se organicen y se sienten a conversar los inconformes”; para los empresarios, “que prevalezca el clima de tranquilidad y confianza a fin de atraer inversión y turismo”; para los nativos “que haya trabajo, que no trastornen la vida comunitaria -y que- dejen un poco de lo que se ganan”. `

Mientras los inconformes con el evento, “los siempre hacen lo mismo” (como se dice), y que simpatizan con las causas de los que se oponen a volver negocio estos edificios, se enferman al ver basura de franquicias sobre los vestigios culturales de nuestros antepasados.

Este año anunciaron pérdidas. Lo paradójico fuera que este orden vigente las asuma. Estamos en una época plena de desarrollo científico del pensamiento, cuya lógica deriva en el concepto de que: Todos queremos lo mejor para el Tajín, pero si el negocio fracasa, la economía política gubernamental –que gira en torno de los intereses del país- obra contra los principios y valores. Por tanto, las leyes económicas debieran corregirse para observar una desaceleración a favor del hombre, no en contra de su propiedad como civilización. Esto implica frenar proyectos en los cuáles las ganancias son menores, o aspirar a menos dadas sus características especiales. Porque aun cuando el negocio fuera solvente, el costo social se ha incrementado.

Posiblemente desde su “siembra”, este proyecto -en un área de cultivo inhóspito- ya estaba previsto que podía suceder. Tanto la inconformidad como el fracaso han sido asumidos como “algo que podría suceder derivado del rumbo de la economía nacional”, y “un derecho de expresión”.

En el Tajín como en todo pueblo, la gente aspira a progresar. Y Veracruz, necesita recursos. Los habitantes del pueblo del Tajín quieren mejoras urbanas, trabajo, caminos, educación, salud, y transporte, entre otras cosas urgentes. La miseria de sus tendederos expone -de lo que se gana y se pierde- cuentas extraordinarias -exhibidas de millones de ida y vuelta- que no relucen en los que se autodenominan “verdaderos dueños”.

Mientras, miles de personas regresan, porque aquí encontraron un punto de encuentro en el norte de Veracruz, cuyo inmenso cobijo es regocijo y festividad anónima. Familias enteras vienen para acampar, conocer, relajarse y/o a divertirse. Un lugar –todo hay que decirlo- donde pueden andar los niños de taller en taller libres, sin peligro de ser hurtados o atropellados. Y que tiene música, danzas, cuentos y exposiciones, por unos días, todo el día.

Recuerdo que hace siete años cuando llegué a estas tierras, pregunté si se celebraba solsticio en el Tajín, y se me quedaron viendo todos como si fuera marciana. -¿Qué es eso? – Me respondieron. Y es que no hay testimonio de que los antepasados celebraran esa fecha. Y no se celebraba ese rito. El “inicio de la primavera” es rotundamente erradicado cuando averiguamos y aprendemos que la cultura “Tdutunakú”, “desde que el sol se puso en lo alto del cielo comenzó el mundo”.

Ver la luna sonreír en ellas a la luz de la escenografía nocturna, es casi imposible para el pueblo. Sus precios, se elevan tanto o más que sus paredes. Esos días de fiesta realmente alteran lo establecido. Muchas casas se vuelven estacionamientos, comedores, dormitorios.

Es posible prever que seguirá creciendo. Con ello también la necesidad de tener servicios para atender sus necesidades, brindar asistencia, entre otras la médica; y ofrecer al turista y al local algo más que lo radique en la promesa de que volverá. Para que se mantenga el negocio. También aumenta la necesidad de atención, preservación y custodia de la zona arqueológica. Dicen los antropólogos: Educación para el visitante: “Que no dejen chicles pegados en las paredes, que no los usen de excusados; que no pongan sus nombres en las ruinas cual si fuera una penca de maguey”, mientras en contraparte otros simplemente dicen: “que se suspenda”.

31/01/2008 19:00. Livia Díaz #.

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