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Más normal que mundana

20080331042403-rosarioc.jpgReflexión sobre la obra de Rosario castellanos

Por: Livia Díaz

Todos los días me asalta el miedo a los lugares comunes. Al revisar el día con la noche, el orden de las ausencias, hoja por hoja a medida que puedo leerlos en las palabras de Rosario Castellanos, me pregunto ¿ese poema es mío? Aquella palabra que arrancó la tarde a la nostalgia y es precisa, ¿con que delgado cincel quedo grabada en la rotunda y vertical palabra? Y a medida que me devuelve el miedo, los lugares comunes y las cosas de todos, ella me lo arrebata y lo vuelve tan personal, que no se puede, sino con reverencia, devolverle una a una sus palabras, y sus ideas, y arrodillarse para dejarla hablar. Y en comunes palabras, ir entendiendo el mundo que ya ha vuelto suyo, y con envidia, seguirse preguntando, si han pasado las cosas que sus frases revelan en su vida, pues para irla volviendo más normal que mundana.

Yo soy un ancho patio, una gran casa abierta:
yo soy una memoria.

Y ella habla, y yo rompo mi voz y una plegaria -quizá airosa- emerge para rebatirle, discutirle y contradecirla. Emerge muchas veces. Pero ha muerto a un tiempo, y su herencia, me deja por entrever que no aprendemos sino a volver a vivir lo mismo que ha vivido cada día, para irle dando la razón mientras lo hacemos. Y de ese modo, quizá febril por experimentar de nuevo a manos de su arte tan personal como cada quien quiera vestírselo, la volvemos a leer:

Déjame hablar, mordaza, una palabra
para decir adiós a lo que amo.

Que quizá se escribió para si misma, eso no es cierto. Que quizá escribió para “los otros”, eso tampoco es cierto. Rosario, le escribía a Castellanos palabra por palabra, la una iba escribiendo lo que la otra iba leyendo.

No creas lo que yo creo cuando me engaño.

Parece decir: Mira a través de mí, y luego escucha nuevamente mis lamentos. Y como muro, sigue extendiéndose en torno a lo alto, como murallas de papel llenas de palabras lo que voy leyendo desde adentro. Y yo la invito a que lea la tarde, y le diré algún día, que relea la melancolía y el resentimiento, que mire nuevamente llegar al hombre amado, y lo ame para sacarlo de entre el polvo, reviviéndolo en llagas. Y capa por capa, de carne vaya adoquinándole los huesos y los músculos hasta que encarne, hasta que se vuelva de nuevo, carne y hueso y tome forma y figura, y vuelva a herirla. Y luego, que despierte y me diga con esas palabras que ella sabe decir, lo que pasaba mientras iba cobrando forma desde su sueño, la presencia que habitaba sus entrañas, en el algo que le mueve y que le agita la sangre cuando pasa. Esa pasión como distraída que pretendió esconder en el ojo del que observa, y que al ir leyendo palpita entre sus palabras no plasmadas para hacerlo poesía.

Hubo un intermediario entre mi cuerpo y yo
un intérprete —Adán, que me dio el nombre
de mujer, que hoy ostento—
trazando en el espacio la figura
de un delta bifurcándose.

Y para seguirla describiendo, he decido que se parece a mí y que tuvo, o que tuve la osadía de leer sus poemas, y que creí entender lo que en su alma abundaba. Que leí sus palabras y creía comprender lo que quiso decir, y el cómo, y el para quién y el porqué, y que me quedé con ganas de que estuviese frente a mí para preguntarle ¿¿para qué Rosario? Y como avergonzada, darle las gracias de que no fueran mías. Y es que el atrevimiento con que llego a acercarme a esta mesa, y a la poesía y a mis ruinas para decirlo, de tal manera que sin sonar a homenaje o a cliché, o a falsa admiración, me remita a la idea original tengo que saltar caminos y unir puentes... Y finalmente siempre regreso al mismo punto en que esquivo señalar, que cuando la voy leyendo, esa tercera cosa que acontece, en una provocación no convocada por ella ni por nadie, y que nos une, a pesar de la realidad y la verdad, en una distancia inexistente, en un sentir a uno y a otro costado de la tierra, para adorar al mundo y describirlo, sin ella de por medio la vuelve: más normal que mundana.


31/01/2008 18:55. Livia Díaz #.

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